Ayer recibí una de esas llamadas que sólo por la hora ya presagian malas noticias. Yo estaba celebrando la apertura de este blog y divirtiéndome por adelantado con sus consecuencias y una noticia borró mi cara de fiesta.
Hace muchos años yo trabajé para una organización que creaba hogares para huérfanos sociales. Una alternativa a los hospicios más que plausible. Grupos de hermanos o hijos únicos a los que rescatábamos de la calle antes de que fuesen a parar a los centros de acogida oficiales, para darles una casa, una “madre” y, sobre todo, una oportunidad. Los Servicios Sociales nos hacían llegar los expedientes de los casos más complicados. La primera “familia” que se formó, estaba compuesta por cuatro hermanos. La pequeña tenía siete años y el mayor catorce. Por norma, la organización no admitía a mayores de doce años, porque no se contaba con medios suficientes para enfrentarse a la problemática añadida de los adolescentes recién llegados y la prioridad eran los pequeños. Pero dejar sin cabeza a este grupo era un crimen y se hizo una excepción.
El mayor, llevaba cuidando de sus tres hermanos cinco años desde que se quedaron solos, cuando la pequeña tenía sólo dos. Hasta que nos hicimos cargo de ellos, había hecho lo que había podido, les había obligado a ir todos los días al colegio, no porque creyese importante su educación, sino para garantizarles al menos una comida al día en el comedor escolar. Los aseaba y les conseguía ropa, y había falsificado firmas y permisos para que nadie descubriese que vivían solos y no separasen a los hermanos llevándoselos a casas de acogida o familias adoptivas. Durante cinco años había conseguido que sobreviviesen en una choza inmunda en la que no había baño, ni camas ni cocina pero, eso sí, exhibía orgullosa un completo equipo de música, dos televisores y un vídeo. Hizo lo que pudo y siguió haciéndolo hasta que, hace unos días, ya no pudo más. Había desaparecido desde el día quince y lo encontraron antes de ayer, roto y rendido, en el fondo de un barranco. Tenía veintiocho años y toda una vida por delante que, dejó claro, no quería.
Cuando me lo contaron, su imagen vino a mí lógicamente. La última imagen que tengo de él es de sus dieciséis años, sonriente (era de sonrisa fácil), delicado en el trato y gestos nerviosos. Recuerdo perfectamente su cara y sus gestos, así que no he querido buscarlo en las fotografías que tengo de él. Recuerdo sus carcajadas, su hablar por hablar para que nadie se sintiese excluido, su levantar del asiento repentino como si se le hubiese olvidado algo fundamental, sus silencios densos y distantes aprovechando la charla de los demás, ese caerse en un pozo sin fondo de alguna de sus miradas perdidas. Siempre supe que nosotros no podíamos ayudarle a ser feliz, pero creí ingenuamente que mejoraríamos su vida, que quitarle la carga que había llevado él solo y cuidar de él como nadie había hecho nunca sería algo bueno. Llegué a creer que tendría una oportunidad.
Me equivoqué y lo que desde anoche me pregunto es si ese “se acabó” no será más responsabilidad nuestra que de la vida. Porque si lo hubiésemos dejado en su cueva, no habría tenido ilusiones, y las ilusiones no le habrían hecho tener esperanza, y la esperanza no le hubiese hecho hacer planes, y los planes lo le hubiesen hecho tener deseos. Y quizá ahora tendría veintiocho años de mierda, aceptados, como traía aceptados los primeros catorce, o quizá no hubiese pasado de los dieciocho, quién sabe, pero lo que es seguro es que no habría tenido ilusiones.
Después de buscarlo durante días con desesperación, habían encontrado su cuerpo gracias a que vieron su móvil al principio del barranco. Su móvil. Había sacado su móvil del bolsillo antes de tirarse. No había llamado a nadie, pero quizá lo pensó, quizá estuvo un rato con el móvil en la mano pensando a quién llamar. Eso es lo que torturaba a la amiga que me llamó ayer para contármelo. Eso es lo que torturaba a todos los que se reunieron en el tanatorio para llorar juntos por él. ¿Es que no tenía a nadie a quién llamar? ¿Nadie a quién acudir? Pero si todos cuidaban de él, me decía mi amiga, la organización, sus amigos, nunca le habían abandonado.
Yo salí de su vida hace trece años y no hubiese podido estar, es lógico. Pero estoy segura de que, aunque hubiésemos seguido de cerca con esa relación protectora por mi parte, de curiosidad y agradecimiento por la suya, que tuvimos durante dos años, tampoco me hubiese llamado a mí. A pesar de que yo era su confidente favorita, no hubiese marcado mi número desde el móvil inútil que dejó en el suelo antes de decidir que ya era suficiente. Porque no quería más, no quería más esperanzas, ni más sueños, ni más deseos. Se llamaba Eusebio y en Febrero cumpliría veintinueve años. No quiso cumplirlos. Yo hoy lloro y honro a mi Eusebio de dieciséis años y toda una vida por delante, pero la verdad es que hoy enterrarán al que tenía veintiocho años de mierda y no quiso ni un solo día más. Descansa en paz.
